
Fuente en la plaza de la Basílica de S. María en Trastevere. Diseñado e impreso por Giovanni Battista Falda, grabado sobre papel con tonos de plancha, 1653 – 1691.
Las fuentes de Roma se encuentran entre las más famosas y icónicas del mundo. No podemos dejar de pensar, por ejemplo, en la Fuente de los Cuatro Ríos en la Plaza Navona, o en la icónica Fuente de Trevi o en la Barcaccia en la Plaza de Spagna. Además de éstas, es fácil encontrarse con las fuentes de Roma, también llamadas nasoni (narizotas) por su caño de hierro fundido en forma de nariz, utilizadas para saciar la sed en las calles de la ciudad.
Pero ¿por qué es tan importante el agua? Porque tiene un significado simbólico muy profundo: trae vida y está asociado al nacimiento y la prosperidad de los pueblos. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, este concepto del agua ha sido retomado e interpretado como un deseo de salvación y purificación. Será entonces Cristo quien en el Evangelio dirá que Él mismo es esa fuente que apaga la sed y colma definitivamente la necesidad de salvarse (cf. Jn 9,10).
Pero ¿por qué es tan importante el agua? Porque tiene un significado simbólico muy profundo: trae vida y está asociado al nacimiento y la prosperidad de los pueblos. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, este concepto del agua ha sido retomado e interpretado como un deseo de salvación y purificación. Será entonces Cristo quien en el Evangelio dirá que Él mismo es esa fuente que apaga la sed y colma definitivamente la necesidad de salvarse (cf. Jn 9,10).
El agua, en el contexto de la ciudad de Roma, que por excelencia acoge a los peregrinos, no es sólo símbolo de salvación y de vida, sino también de hospitalidad. Hay episodios recurrentes a lo largo de la Biblia en los que se ofrecía este alimento a los extranjeros para que pudieran refrescarse y realizar abluciones rituales. Roma se transforma así en una auténtica «posada» para el peregrino que, después de un largo viaje, necesita refrigerio y descanso. El agua que fluye continuamente indica precisamente esa vida plena a la que estamos llamados, que será una vida completa, sin más fatigas, porque nuestra sed de verdad, de paz y de amor quedará finalmente saciada.